Elsa

Era febrero, hacía un calor insoportable, y yo tenía que estudiar para rendir un final.
Aburrida de mi casa, y en busca de un lugar fresco donde nada me distrajera de mis libros, me fui a la facultad a estudiar en la biblioteca, en silencio y con aire acondicionado.
Sabía que tras una serie de remodelaciones edilicias, ésta había sido trasladada.

- ¿La biblioteca? - le pregunté a un guardia.
- 4º piso - respondió.

Y ahí fui.
Estudié plácidamente durante dos días.
Al tercer día, a eso de las dos de la tarde, subió un mozo de la cantina, llevando una vianda para la señora que estaba a cargo. La dejó, y se retiró.

- ¿Te molesta si almuerzo acá?

Sólo estábamos nosotras dos, ya que el lugar era muy poco concurrido.

- No, para nada. - le contesté.

La mujer vestía de manera muy sencilla. Calzaba alpargatas, y según me dijo, se llamaba Elsa.
En un monólogo exquisito, Elsa me contó de su infancia en San Juan, de su profesor de historia de la escuela, que sacaba a sus alumnos del aula y les daba clase en museos y lugares históricos; de sus numerosos hijos adoptivos; de las obras que ella misma escribió; y de cómo le gustaba jugar y divertirse con la mirada de la gente: una tarde, se sentó en un bar, sola, y pidió un whisky, solo a los fines de reirse observando las expresiones de los allí presentes.
En silencio yo escuché con atención cada una de sus anécdotas, lejos de preocuparme por el tiempo que pasaba sin que yo volviera a mis libros.
Ese día me sentí muy feliz por tener el placer de conocer a tan grata persona. Tan rica, tan llena de historias.
Al día siguiente, cuando volví a estudiar, la misma guardia a la que todos los días le daba mis datos antes de subir a lo que yo creía que era la biblioteca, me frenó:

- ¿A qué piso vas?
- Al 4º...
- Disculpame, ¿vos vas a estudiar?
- Sí...
- La hemeroteca no es para estudiar. Es solo para consultar material y retirarse. No te podés quedar estudiando.- dijo de manera terminante.
- Perdón... me habían dicho que esa era la biblioteca... no sabía...

Me fui con una sensación de amargura.
La hemeroteca tenía varias mesas con sillas, siempre vacías.
Pocas personas iban allí a hacer consultas. ¿A quién molestaba yo con mi presencia? ¿Cuál era la diferencia entre estudiar de mis libros, y leer una revista técnica?
Además, Elsa era la directora de la hemeroteca... nadie más que ella podría restringirme el ingreso. ¿Quién se creía que era la guardia para no dejarme pasar?
Fue entonces que mi mente se quedó en silencio.
Algo no cerraba.
¿Sería posible que todo el relato hubiera tenido por finalidad que yo huyera despavorida de esa vieja delirante que interrumpía mi estudio?
La sola idea de que toda esa larga charla hubiera sido una maniobra para sacarme de encima sin echarme, me angustiaba.
Nunca lo supe con certeza.
Por eso elegí conservar solamente el recuerdo de aquella tarde en la que esa señora me regaló su magia, y que apuesto que ni se imagina que en este momento, ya varios años después, alguien escribe un post sobre ella.
Gracias, Elsa.

5 mil personalidades comentaron:

L a N a ï f a dijo...

Me gusta lo que leo.

Los comments, y el sabor del encuentro!

El Serrucho dijo...

Me quedó una especie de sonrisa en la cara y un poquito de angustia en el pecho. La angustia no sé si es por vos o por Elsa; quizás por las dos.

Hermoso relato.

Fabiana dijo...

Pasaba a conocerte y agradecerte la visita!
Hermoso relato, que pena que no supistes más de Elsa, no?

Besos!

Hallyna dijo...

Hay veces que mejor no saber que podría ser o podría haber sido... Un recuedo hermoso o un gesto tierno vale mucho más!
Beso!

Di. dijo...

Pasé a saludar! Besos